Ataque a la aldea

Sobre sacar tus propias conclusiones

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No podía perder ni un segundo. Haciendo esfuerzo por alcanzar su próximo aliento, el guerrero saltaba de escalón a escalón por la ladera de la montaña más cercana del poblado. Era primavera, pero a medida que se acercaba a la cabaña del monje, se hallaban pequeños cúmulos de nieve a los lados de las escaleras, los cuales crecían en numero con cada paso.

A punto de desplomarse, el guerrero llegó a la cima donde podia observar al monje sentado en una roca, mirando el atardecer. El guerrero se acercó por detrás y se sentó a su lado.

-Señor monje…- dijo mientras recuperaba su aliento, -Han llegado noticias de unos sicarios que están arrasando los poblados de esta cordillera, matando a cualquier hombre y llevándose a los niños y mujeres; y la próxima… será la nuestra.-

El monje no se inmutó y siguió mirando al horizonte. Nadie sabía su edad, pero la leyenda dice que había visto ponerse el primer ladrillo del poblado hace más de un siglo. Todas las generaciónes de guerreros subían a su cabaña para pedirle consejo y nunca fallaba.

-Estamos perdidos-, balbuceó el guerrero, -se llevarán a mis hijos, y no podré hacer nada. Necesito saber, señor monje, ¿Cómo podremos defendernos de ellos?-

El monje inhaló profundamente por la nariz, con augurio de una respuesta a la pregunta del guerrero, pero a grán decepción suya, solo siguió una simple exhalación.

De repente, el monje comenzó a levantar su brazo, totalmente estirado hacia delante. Con su dedo indice, señaló a un pequeño riachuelo que había a escasos pasos de dónde estaban sentados.

El guerrero miró confundido al charco, pero en un instante le cambió el rostro, cómo si una bombilla se le hubiera encendido en la cabeza.

-¡El agua!- gritó el guerrero, -¡Es usted un genio!-. No perdió ni un segundo y salió disparado de vuelta al poblado.

Al día siguiente, el guerrero volvió, esta vez tranquilo, sin prisa y se sentó al lado del monje.

-Cabamos unas trincheras bloqueando el acceso al poblado y las conectamos al río. ¡Se llenaron de agua y como los sicarios llevaban armadura de metal, no pudieron cruzar y dieron media vuelta!- exclamó el guerrero.

-Pero sigo sin entender ¿Cómo sabía que los sicarios llevaban armadura pesada?-

El monje levantó su brazo una vez más, señaló al mismo riachuelo del día anterior y luego lo bajó lentamente. Con su otra mano alzó un pequeño cuenco de madera.

Haciendo uso de sus primeras palabras el monje le dijo:

-Me lo llenas de agua, por favor, tengo sed.-

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