El caparazón
Sobre el miedo que genera
la seguridad
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La tortuga descansaba tranquilamente en la ladera del monte, debajo de la sombra de un árbol cuyas hojas se movían al compás de la brisa. La tortuga notó algo extraño, como si el sol estuviera parpadeando. Confusa, miró hacia el sol y observó un águila volando en círculos. Los nervios le invadieron el cuerpo, sabiendo que si intentaba huir, sería en vano y tampoco veía ningún sitio donde esconderse. El aleteo del águila se escuchaba cada vez más cerca. Asustada y sin ninguna otra opción, decidió meterse en su propio caparazón. Con un ligero eco, la tortuga escuchaba desde su caparazón al águila acercándose, un aleteo cada vez más estruendoso hasta que de repente, desapareció. Consumida por el silencio, la tortuga acercó la cabeza lentamente a uno de los agujeros del caparazón. Allí mismo, a escasos palmos de ella, se alzaba la figura esbelta del águila. Las plumas del cuello, blancas como las nubes, resaltaban del resto de su plumaje marrón. La tortuga contemplaba el águila, con su mirada fija en el horizonte, hasta que de repente, torció el cuello hacia la tortuga. La tortuga se encogió dentro del caparazón, temblando de miedo, sin saber si sobreviviría aquel encuentro.
"No te voy a hacer daño" dijo el águila.
La tortuga, incrédula, jamas había oido hablar a un águila. Pensaba que eran animales incapaces de dialogar, que solo pensaban en acechar y matar a sus presas. Se negaba a responder.
"Puedes salir de tu caparazón" insistió el águila.
"Así te será más fácil cazarme ¿Verdad?" respondió la tortuga con valentía.
El águila sonrió.
"Si te quisiera muerta, metería mis garras por el hueco de tu caparazón, te agarraría del cuello y te sacaría sin ningún esfuerzo" contestó con un tono sereno.
La tortuga, aceptando que estaba indefensa, asomó su pequeña cabeza y miro al águila, que seguía admirando el horizonte.
"¿Qué quieres?" preguntó la tortuga.
"¿De verdad crees que necesitas el caparazón?" se cuestionó el águila, ignorando la pregunta de la tortuga.
Indignada por la pregunta, la tortuga sacó sus patas por el resto de los agujeros y respondió:
"Pues, claro ¿Cómo me voy a proteger de animales como tú, sino?".
El águila miro a los ojos a la tortuga, de manera gradual, comenzó a desplegar sus alas, como si fuera a alzar vuelo. En un instante, aleteó sus alas con tal fuerza que hizo que la tortuga se desplomara y empezara a rodar por la ladera del monte. Aturdida por todo el movimiento, era incapaz de meterse dentro del caparazón. Por fin se detuvo y cuando estaba intentando recapacitar lo que había sucedido, el águila aterrizo a su lado.
"Yo te veo bien" dijo el águila.
La tortuga tenia algún arañazo en la cabeza, pero no estaba malherida.
"¿Bien? ¡Casi me matas!" gritó con rabia la tortuga,
"Sigues viva sin haberte metido en tu caparazón ¿Verdad?".
La tortuga estiró las patas y vio que, en efecto, no la había pasado nada.
"¡Pero me podría haber herido!" dijo la tortuga, todavía enfadada por la acción sin sentido del águila.
"Tienes razón, te podrías haber herido. De hecho, te has herido, y aquí sigues, con un par de rasguños y ligeramente mas sabía".
A lo que la tortuga respondió: "Pero si hubiera estado dentro de mi caparazón no me hubiera hecho daño".
"Y tampoco tendrías las cicatrices que te harán acordarte de este momento" respondió el águila.
"Pues prefiero quedarme aquí dentro y no volver a tener ninguna cicatriz más" dijo la tortuga mientras se encogía en su caparazón.
Hubo un breve momento de silencio tras la ardua disputa, pero fue interrumpido por el aleteo del águila. La tortuga, refugiada en su caparazón, creía que por fin le iba a dejar en paz, pero de repente, sintió un fuerte temblor como si algo la hubiera agarrado del caparazón. El fuerte sonido del aleteo de las alas hizo que se diera cuenta de que, en efecto, ahora mismo estaba volando a varios metros del suelo, sujetada solamente por las garras del águila.
Aterrorizada al saber que muy probablemente iba a morir, le preguntó al águila desde dentro del caparazón: "¿Qué quieres?"
A lo que el águila respondió: "¿Por qué sigues dentro del caparazón?"
"Porque aquí estoy mas segura" replicó la tortuga,
"Asómate, aunque sea un segundo" le sugirió el águila.
La tortuga, al principio se negó, pero pronto se dio cuenta de que toda su vida, había visto el mundo a ras de suelo, y su propia curiosidad le hizo asomarse por el pequeño agujero del caparazón.
Las vistas del valle, rodeado por las montañas nevadas, atravesado por ríos como venas sobre la piel y cubierto por arboles que vestían las praderas con sus hojas, hicieron que la tortuga se atragantara de emoción.
"Si te suelto..." manifestó el águila, "Da igual que estés dentro o fuera de tu caparazón, morirás"
La tortuga, abrumada por el miedo de su posible muerte y el esplendor de la vistas, no sabia qué decir.
"Pero te aseguro una cosa", insistió el águila, "Desde dentro del caparazón, no podrás ver lo que hay afuera. No podrás apreciar este paisaje con el que muy pocos animales se han atrevido a soñar".
La tortuga no contestó. Durante el vuelo, estuvo reflexionando sobre lo que había dicho el águila hasta que, finalmente, aterrizaron en la misma ladera donde se habían conocido. Se miraron a la cara una ultima vez. La tortuga seguía confusa, intentando procesar lo que había pasado. El águila, en cambio, tenia una ligera sonrisa, ya que sabia que hay gente que solo aprende que la llama del fuego está caliente, quemándose, y parecía haber conseguido que la tortuga se quemara. El águila estiró sus alas y alzó el vuelo hacia el horizonte. La tortuga se quedó quieta, sin moverse en absoluto.
Pronto llegó el atardecer, el cielo tiñéndose de naranja. La tortuga, que a estas alturas parecía haberse convertido de piedra, metió sus patas dentro del caparazón y empezó a estirar el cuello. Con un claro rostro de agonía, siguió estirando su cuello hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, salió su cuerpo disparado del caparazón. La tortuga, con el cuerpo desnudo a la intemperie, se acercó con precaución al caparazón hueco, puso su pata encima y con un gran rugido del esfuerzo, se levantó a dos patas, algo que le era imposible estando dentro del caparazón. Había conseguido elevar su campo de visión, muy lejos de las vistas desde el cielo, pero mejor que las que había tenido toda su vida.
Y, ¿A ti? ¿De que te protege tú caparazón?