La Fragata

Sobre sentirse lleno en lo que uno hace

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El tambaleo de un lado al otro le despertó. Una vasija, a la altura de sus pies, rodaba de babor a estribor. Comprobó el reloj de su muñeca y confirmó que había dormido más de la cuenta. Motivado por evitar la incomoda conversación con su jefe, volvió a toda prisa a su puesto en el Galeón Portugués. Era parte del equipo de navegación. Leían las estrellas en combinación con la brújula para dirigir el rumbo de la embarcación.

Llegó sin aliento, nervioso por haber incumplido su horario, pero lo que le sorprendió es que todo el equipo de navegación había empezado a trabajar sin él. Se dio cuenta de que era prescindible, de que su ausencia no iba a afectar la fecha de llegada, ni la seguridad de los tripulantes. En fin, que su responsabilidad sobre la misión era nula, y él era reemplazable.

Decidió cambiar de barco, para ver si podía obtener una mayor responsabilidad. Tras una larga búsqueda en el puerto, descubrió un pequeño velero, de unos 10 tripulantes, que estaban a punto de embarcar. Le preguntó al capitán si necesitaban a alguien más y este le respondió que debido al fuerte viento de levante, iban a necesitar a alguien más que les ayudara izando y manipulando la vela. El joven, entusiasmado por la oportunidad, salto al velero y se puso manos a la obra.

Transcurrieron unos cuantos días, el joven era ya un erudito de izar velas. No obstante, no se sentía útil. Desde niño, cuando su abuelo le enseñó por primera vez cómo identificar la Osa Mayor, su deseo había sido guiar embarcaciones leyendo las estrellas, y durante años, perfeccionó este arte. Se le daba bien, disfrutaba al hacerlo y no pasaba ni un día que no identificara un cumulo de estrellas nuevo. En cuanto llegó al siguiente puerto, le comunicó al capitán su idea de cambiar de puesto, pero este le dijo que con la brújula les bastaba ya que sus trayectos no eran trasatlánticos. Por lo tanto, se propuso encontrar un tercer barco en el que pudiera guiar la embarcación leyendo las estrellas y a la vez sentir responsabilidad en su desempeño.

Unas semanas más tarde, el joven ya había embarcado en el barco de sus sueños, una Fragata Italiana donde él era uno de los tres guías del barco. Cada uno dependía del otro para una navegación exitosa. Se sentía realizado, ya que estaba usando sus habilidades para que el barco llegara a tiempo a su destino. Sabía que si esta vez dormía mas de la cuenta, el barco podía perder el rumbo.

Estaba totalmente inmerso en la experiencia, tanto que se le olvidó cuál era el propósito del viaje. Pero cuando llegaron al puerto, un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando se acordó de ello. Este no era un viaje para traer recursos de vuelta a la ciudad, o llevar suministros a puertos lejanos, ni tampoco un viaje en el que iban a descubrir nuevas tierras. En cuanto amarraron, un grupo de personas, encadenadas de pies y manos, abandonaron el barco en linea. Era en efecto, un transportista de esclavos.

El resto de sus días en ese barco, por muy realizado y responsable que se sintiera, sabía que la misión de cada viaje, cada esfuerzo que hiciera por dirigir el barco, iba a contribuir a algo que no se encontraba dentro de sus valores, y al darse cuenta de esto, volvió al mismo sitio en el que estaba cuando empezó esta aventura.

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